EXÉGESIS 852
©Giuseppe
Isgró C.
852. Existen
personas a quienes, pareciera que le persigue la fatalidad, independientemente
de su modo de actuar, podría decirse que le persigue la desventura?
-“Puede darse que estas sean pruebas por las
cuales deben pasar, por haberlas elegido, previamente, antes de encarnar, ellas
mismas; pero, es preciso repetirlo: vosotros le achacáis al destino lo que, la
mayoría de las veces, no es sino la consecuencia de vuestras propias acciones.
En los males que os afligen, procurad de tener pura la conciencia, y seréis,
ya, medios consolados”-.
Las ideas
justas o falsas, que nos formamos de las cosas, nos permiten triunfar, o no, de
acuerdo con nuestro concepto y condición social; pero, muchas personas
encuentran más sencillo y menos humillante para su amor propio, atribuir los
propios fallos en la obtención del éxito a la suerte o al destino, antes que a
la propia culpa.
Si bien
la asistencia espiritual contribuye, en ocasiones, nosotros nos podemos,
siempre, sustraer, rechazándolas, cuando son negativas las ideas que nos son
sugeridas.
Allan Kardec
El Libro de los Espíritus
Homero,
al inicio de la Odisea, ponía en boca de Zeus, el siguiente comentario: -“¡Oh, dioses!
¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas
vienen de nosotros, y son ellos quienes se atraen con sus locuras, infortunios
no decretados por el destino”.
Efectivamente,
existe una ley de causa y efecto que rige toda manifestación en la vida y en el
universo. Si existe un efecto positivo o negativo, bueno o menos favorable, un
estado de progreso o de estancamiento, de fortuna o adversidad, todo es fruto
de nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y actos, que fungen de
semillas, según las cuales se cosechan los frutos análogos, ni más ni menos.
Algunas
personas, al margen de todo esto, aspiran a los buenos resultados, pero no
eligen, exactamente lo que anhelan, o entre las diversas opciones disponibles, lo que desean, asumiéndolo como un compromiso
consigo. Pasan, cada día, por una cosa diferente, sin precisar, y sin forjarse
un objetivo claro al cual, persistentemente centrar la atención hasta
convertirlo en realidad tangible, y realista, en la propia vida.
Todo
es posible lograrlo, pero debe creerse en su factibilidad poniendo manos a las
obras hasta transformar la idea en acción y luego en resultados. En todo hay
que pagar un precio: en trabajo, estudio, dedicación, servicio, confianza y
seguridad propia en lo que se anhela realizar. A esto, es preciso aplicar la
escala de los valores esenciales: amor, justicia, prudencia, fortaleza,
templanza, confianza, paciencia, persistencia y humildad. Es necesario avocarse
al estudio para tener la visión clara de las cosas, montándose sobre los
hombros de los gigantes que nos han precedido en la historia, para ver claro en
la lejanía, sin perder de vista donde se dará el siguiente paso.
Si
algo no nos agrada en los resultados que obtenemos, es preciso precisar lo que
se quiere, y anteponerlo como un proyecto de vida, con objetivos a corto,
mediano y largo plazo. Hay que abordar cada objetivo por su orden prioritario,
uno a la vez. Al concluir el primero, pasar al segundo, y así sucesivamente,
hasta alcanzarlos todos. Luego, pasar a la siguiente fase, enfocando la
atención a los nuevos objetivos emergentes, teniendo a la vista los objetivos
esenciales a largo plazo, para conservar las perspectivas de dónde se desea
estar dentro de un año, cinco, diez, veinte, cincuenta o más años por delante.
Hay
que empezar desde el lugar, y en las condiciones en que cada quien se
encuentra. Con lo que se tiene o con lo que se es. Esas son las condiciones
ideales para comenzar. A partir de ese estado de cosas se traza la nueva ruta,
en sentido recto, que es la distancia más corta entre dos puntos. Si no se
tiene un objetivo claro al cual enfocar el propio potencial creador, y si
teniéndolo, la persona no desea involucrarse, haciendo lo que, a conciencia
sabe lo que tiene que hacer, pero no desea fajarse como los buenos para
realizarlo, entonces, no tiene ninguna razón, o justificación, para quejarse.
La
queja es una reprobación a los planes de la Divinidad, que son perfectos, ya
que, por su infinita sabiduría conoce lo que es mejor, por las previsiones de
la ley cósmica,
Hay
que emular a los que obtienen resultados favorables en todo lo que hacen,
viendo en lo que se enfocan, emularlos, poniéndose en camino y manos a las
obras. Luego, en el tiempo perfecto de Dios se obtienen los resultados que
deben ser obtenidos, siempre.
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La Pregunta formulada por el Maestro de Lyon, -“Existen personas a quienes, pareciera
que le persigue la fatalidad, independientemente de su modo de actuar,
podría decirse que le persigue la desventura?”, encierra varias
vertientes. La Primera de ella, es el estado de conciencia de percibir su
realidad, es decir, de que anhela algo diferente a lo que le sucede y de la
necesidad de efectuar un cambio en su vida, pero le cuesta hacerlo. Ciertamente,
precisa, en primer lugar, aceptar la realidad que afronta tal cual es, y debe
estudiarla para descifrarla y entender lo que le ocurre. Luego, en vez de
rehuirla, y una vez aceptada con el propósito de triunfar, paciente y
tenazmente, comenzará sentir como las fuerzas renacen en su interior y las
ideas creativas comienzan a aflorar en su conciencia, con el sentimiento del
amor, de la prudencia, de la vergüenza y de la justicia, asumiendo los
compromisos inherentes a los cuales, antes rehuía y que ahora enfrenta con
decisión de emanciparse a nuevos estados de conciencias. Esta es la primera
clave: estimular un nuevo estado de conciencia más elevado, en armonía con los
valores universales.
Por eso, en la respuesta, se expresa: -“En los males que os afligen, procurad de
tener pura la conciencia, y seréis, ya, medios consolados”-.
Tener pura la conciencia significa centrar la
atención en los valores esenciales del amor, de la prudencia, de la justicia,
de la fortaleza, de la templanza y de la belleza, actuando dentro de los
parámetros inherentes, con lo cual se comienzan a sembrar las nuevas semillas
del cambio que se anhela, a vibrar a frecuencias más elevadas de pensamientos,
sentimientos, comprensión y realización. Por añadidura, en tiempo oportuno
comenzarán a fluir los nuevos frutos deseados. Cada logro, por pequeño que
fuere, es un peldaño hacia uno mayor. La vida comienza a vivirse con un
propósito.
La segunda clave consiste en percibir que, en esa
realidad aparentemente adversa, constituye el orden divino, o cósmico, que por
la ley de afinidad, justicia y compensación, cada ser se ubica, de acuerdo a su
suma existencial. Esa realidad aparentemente adversa que enfrenta, lejos de ser
algo para rehuir, constituye el campo de las nuevas oportunidades emergentes
que las mismas situaciones encierran en sí mismas. Por eso el aforismo de: “Toda
situación encierra en sí misma los recursos para resolverlas”, encierra una
profunda sabiduría, y realidad. Desde el momento que se afronta determinada
prueba, es porque estamos preparados para superarla, caso contrario, la prueba
habría dejado de presentarse. La prueba se presenta, casi siempre, porque
nosotros mismos la hemos elegido, en líneas generales, como propósito de vida,
para adquirir experiencia y alcanzar nuevos y más elevados estados de
conciencia.
La tercera clave es: Afrontar la realidad, tal
cual y como es, sin evadirla, asumiendo el compromiso de transmutar el propio
estado de conciencia a uno más elevado, como primer paso. Como segundo paso,
compensar todo lo que debemos compensar, asumiendo el propio compromiso frente
a las realidades afrontadas, sin perjudicar a nadie, al contrario, haciendo el
mayor bien posible, a todos. Tanto más se da, tanto, o más se recibe.
Luego, al superar las pruebas existenciales
auto-elegidas, que queda en libertad para abordar nuevos propósitos
existenciales, que, al margen de lo que se pueda creer, también estaban
previstas, tanto en el propio plan de vida, que mira a muy largo plazo, a
muchos ciclos de vida por delante, como a la ley cósmica y al plan que la
Divinidad tiene previsto para cada ser, y al plan del planeta de turno en el
que se viva, dada la pluralidad de mundos habitados, hoy una realidad de la
cual se adquiere mayor conciencia, cada vez con más amplitud.
La primera causa que generan las propias
circunstancias existenciales son los pensamientos y los sentimientos, que, por
la ley de atracción y repulsión, atraen a lo análogo de lo pensado y sentido, y
ahuyentan lo opuesto, ya que los polos opuestos jamás se juntan. Si anhelamos
situaciones positivas y de prosperidad integral en la propia vida, hay que
pensar en polaridad positiva y con sentimientos de prosperidad y de servicio
apegado al sentido de la justicia y de la compensación, para dar y recibir en
la justa proporción. No hay manera de escapar a este orden natural de ley
divina. Dar y recibir: Dando lo que los demás precisan, en bienes y servicios,
se recibirá lo que se anhela, en la justa proporción. Al estar abiertos para
dar, esa misma apertura permitirá que entre lo que se requiere.
Luego, la persistencia, jamás hay que abandonar a
mitad de camino, y cuando las cosas se ponen menos fáciles hay que seguir
adelante, sin abandonar. Es cuando se está más cerca de los resultados apetecidos.
Cuando una persona se niega de abandonar su prueba a mitad de camino, es el
instante en que se activan los poderes creadores de la mente y todas las
fuerzas creativas del universo, y las inspiraciones e intuiciones se expresan
en la propia conciencia, aportando las ideas claras y la visión, de cómo
alcanzar los resultados apetecidos. Es la expresión de la ley cósmica que
determina que al cumplir la prueba existencial asumida antes de encarnar, la
misma vida coadyuva a llevar de las manos a la persona a su nueva fase de realización
personal.
Por eso, siempre hay que confiar en el fin
positivo de la vida en cualquier fase existencia l que se afronta. Todo lo que
ocurre forma parte del pensum de la universidad de la vida, para adquirir
experiencia, afrontando las necesidades emergentes en cada estación esencial.
Las pruebas elegidas contribuyen a la
manifestación del escenario necesario necesario para adquirir la experiencia
precisada. Pero, su superación implica creación de pensamientos y sentimientos
positivos, ajustados a los valores esenciales de amor y justicia, servicio y
acción, efectivos, ya que nada se logra sin trabajo justo y perfecto, aplicando
el recto esfuerzo, la atención debida y la concentración de todos los recursos
disponibles a la realización de un objetivo a la vez.
Es preciso dejar de quejarse, asumiendo las responsabilidades
que nos son inherentes, y tomando las riendas de la vida en las propias manos. Es a nosotros que nos corresponde realizar la
tarea de lograr el cambio anhelado en nuestra existencia, hasta adquirir la
experiencia y la auto-maestría gradual.
La culpa no es de los demás ni del destino, al
contrario, la vida, y la ley cósmica, cooperarán con nosotros, si asumimos el
rol de cooperar a la construcción de un mundo mejor, que es a lo que hemos
venido a la existencia, pero, ese mundo mejor, se contribuye a crearlo
mejorándonos a nosotros mismos.
Allan
Kardec, comentaba: -“Si bien la asistencia espiritual contribuye, en ocasiones,
nosotros nos podemos, siempre, sustraer, rechazándolas, cuando son negativas
las ideas que nos son sugeridas”.
Esto significa que, así como existen seres
que inspiran lo positivo, los hay que lo hacen en sentido opuesto. Es
preciso discernir la diferencia, rechazando cualquier impulso interior en
sentido negativo. Es ahí la importancia de los estados de pureza de la
conciencia, centrando la atención en los valores universales o atributos
divinos del amor y de la justicia, del bien y de la belleza, dejándose guiar
por los sentimientos de vergüenza que advierten, como maestra de vida, de lo
que es preciso evitar. La sintonía con el amor, la justicia, la belleza, la
prosperidad, el servicio, como guías en todo propósito existencial, canaliza
las inspiraciones e intuiciones propicias, y las fuerzas creadoras necesarias
para superar cualquier prueba existencial, derivando la experiencia vital como
salario cósmico: Nuestro salario cósmico lo constituye la experiencia que, por
representa la suma existencial, que, por la ley de afinidad, nos ubica y
reubica en el orden perfecto, en armonía con todos y con el todo. Aquí y ahora es el lugar correcto, y el
momento oportuno, en el tiempo perfecto de la Divinidad.