sábado, 22 de febrero de 2020

ENSAYO SOBRE EL MÓVIL DE LAS ACCIONES DEL SER HUMANO. (COMENTARIO 872)



ENSAYO SOBRE EL MÓVIL DE LAS ACCIONES DEL SER HUMANO. (COMENTARIO 872)
Autor: Allan Kardec


La cuestión del libre albedrío puede resumirse como sigue.
El ser humano no es conducido fatalmente hacia el mal; los actos que realiza no son preestablecidos; las culpas en que incurre no son efectos de las sentencias del destino. Él puede, como prueba, o como expiación, elegir una existencia en la cual, sea por el ambiente, donde será colocado, o por las circunstancias que sobrevienen, tendrá tentaciones hacia el delito; pero siempre es dueño de actuar a su elección. De esta manera, el libre albedrío existe en el ser humano, en el estado de Espíritu, en la elección de la existencia y de las pruebas, y en el estado corpóreo en la facultad de ceder, o de resistir a las seducciones, a las cuales nos hemos, voluntariamente, sometidos. A la educación le corresponde la misión de combatir las tendencias nocivas, y ella triunfará cuando se base sobre el profundo estudio de la naturaleza moral del ser humano, naturaleza que se llegará a modificar con el conocimiento de las leyes que la rigen, al igual que se modifica la inteligencia con la instrucción.
Sin el libre albedrío, el ser humano no tendría ni culpa del mal ni mérito del bien; la cual cosa es tan evidente que, también entre nosotros se proporciona la censura, o el elogio, a la intención, es decir, a la voluntad; y voluntad quiere decir libertad. El ser humano, por lo tanto, no puede buscar una excusa a sus fallos en su organismo, sin renegar de su razón y su condición de ser humano, y sin asimilarse a los brutos, ya que, si así fuese para el mal, lo sería, también, para el bien. En cambio, cuando el ser humano hace el bien, no descuida de convertirlo en mérito. Y no hay que temer que él le atribuya el mérito a sus órganos, lo que demuestra que él, instintivamente, no renuncia nunca al más hermoso privilegio de su especie: la libertad del pensamiento.
La fatalidad, como es comúnmente entendida, implica la decisión precedente e irrevocable de todos los casos de la vida, sea cual fuere la importancia. Si tal fuese el orden de las cosas, el ser humano sería una maquina sin voluntad. A qué le serviría la inteligencia, si invariablemente, en todos sus actos él fuese un esclavo de la potencia del destino? Esta doctrina, si fuese verdadera, destruiría toda libertad moral; no habría más responsabilidad y, en consecuencia, ni el bien, ni el mal, ni los vicios, ni la virtud. Dios, soberanamente justo, no podría castigar a su criatura por culpas que no dependían de su voluntad de no cometer, ni recompensarla por la virtud, de la cual ella no habría tenido ningún mérito. Una ley de tal naturaleza, por otra parte, frenaría todo progreso, porque el ser humano, esperándolo todo de la suerte dejaría de realizar cualquier esfuerzo tendiente a mejorar su condición.
Todavía, la fatalidad no es un sueño en una mente poco sana, ella existe, dada la condición en la cual se encuentra el ser humano sobre la tierra, y en las acciones que cumple por el efecto del género de existencia que su Espíritu ha elegido como prueba, expiación o misión. Él sufre, fatalmente, todas las vicisitudes de esta existencia y todas las inherentes tendencias buenas o malas; pero, allí termina la fatalidad, porque depende del libre albedrío ceder, o no ceder, a estas tendencias. Los particulares de los avenimientos son subordinados a las circunstancias que él mismo provoca con sus acciones, en las cuales pueden tener inherencia los Espíritus por medio de pensamientos que le sugieren. ( Ver Nº 459).
Fatales, por lo tanto, son los casos que se presentan, por cuanto son consecuencias del género de existencia elegido por el Espíritu; pero jamás los efectos de estos casos, porque depende del ser humano modificar el curso con su prudencia. Fatalidad, luego, no existe nunca en los actos de la vida moral.
Lo único en lo que el ser humano se encuentra sujeto a la ley inexorable de la fatalidad es en la desencarnación, por cuanto él no puede escapar ni al tiempo ni a la forma en que habrá que separarse el Espíritu de su cuerpo.
Según la doctrina común, el ser humano reúne en sí mismo todos los instintos, los cuales se derivarían desde el comienzo de su constitución física, de los cuales no estaría obligado a responder; de igual manera por su naturaleza, la cual se podría decir que no depende del individuo.
La Doctrina Espirita, en cambio, de mayor solidez moral, admite en el ser humano el libre albedrío en toda su plenitud, y diciéndole que, si hace mal, cede a una rea sugestión extraña, dejándole toda la responsabilidad, por cuanto reconoce en él el poder de resistir a los agentes externos, cosa evidentemente más fácil que si debiera entablar una confrontación con su propia naturaleza.
De esta manera, según la Doctrina de los Espíritus, no existe seducción irresistible: el ser humano puede siempre cerrar el oído a la voz oculta que le inclina al mal en su interior, al igual que la voz material que le habla. Esto lo realiza con su voluntad, pidiendo a Dios la fuerza necesaria, e invocando la asistencia de los buenos Espíritus. Forma parte de la enseñanza de Jesús, en su oración dominical, en la que expresa: -“y no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal”.
Esta teoría del móvil de nuestros actos refleja con claridad toda la enseñanza de los Espíritus. Sublime, por su moralidad, ella eleva al ser humano ante sí mismo por cuanto lo muestra libre de sacudirse de un yugo que le oprime, al igual que es libre de cerrar su casa a los inoportunos. Él no es más una maquina, que actúa por impulso independiente de su voluntad, sino un ser razonable, que escucha, juzga, y elige libremente entre dos opciones. Se añada, aún, como esto le deja intacto su poder de iniciativa al ser humano, que actúa siempre por el influjo de su voluntad, cual Espíritu encarnado que es, y conserva, debajo del involucro corpóreo las cualidades y los defectos que tenía en la dimensión espiritual. Por lo tanto, las culpas en que incurrimos, provienen de la imperfección de nuestro Espíritu, quien, aún, debe conseguir la excelencia moral, que tendrá un día.
La vida corpórea, con las pruebas que le presenta, le sirve para depurarse de sus imperfecciones, fortaleciéndose y volviéndose inaccesible a las sugestiones de los Espíritus imperfectos, quienes se aprovechan buscando de hacerle sucumbir en la acción emprendida, en la cual, si la persona sale triunfadora, se eleva, si cae, queda como era: ni mejor, ni peor; es una prueba que tendrá que volver a afrontar, por todo el tiempo que sea necesario. Cuanto más se purifique, tanto más se fortalece, y se vuelve menos susceptible a las solicitudes del mal.  Su fuerza moral crece en la medida de su elevación, y los Espíritus bajos se alejan.
La especie humana esta compuesta de Espíritus más o menos buenos, y, dado que la tierra es uno de los mundos menos progresados, los segundos se encuentran en mayor número que los primeros, aún. Esta es la razón por la cual se precisa, todavía, tanta perfección. Hagamos, por lo tanto, todos los esfuerzos para que no sea necesario regresar después de esta estación, y merecer la oportunidad en un mundo mejor, en uno de aquellos mundos felices, donde el bien reina completamente, en el cual, el recuerdo de nuestro pasaje sobre la tierra, sea como el de un tiempo de exilio.


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