jueves, 13 de febrero de 2020

EXÉGESIS 979








EXÉGESIS 979

©Giuseppe Isgró C.

979.   Las pruebas que le quedan por afrontar para cumplir su purificación, no le crean al Espíritu una aprehensión insatisfactoria que le inhiben la felicidad?
-“Al Espíritu que puede, todavía, incurrir en acciones incorrectas, sí, por lo cual él no puede usufructuar de la perfecta felicidad hasta que no se haya purificado; pero, para aquel que es ya elevado, el pensamiento de las pruebas que, todavía, debe afrontar, no es causa de inquietud alguna”-.
El Espíritu, que alcanzó cierto grado de pureza, ya goza de la verdadera felicidad; prueba un sentido de dulce satisfacción; es feliz de todo lo que ve y de lo que le circunda; su mirada penetra más allá del velo de los misterios y de las maravillas de la creación, y la perfección divina se le aparece en todo su esplendor.
El Libro de los Espíritus

Allan Kardec



EXÉGESIS: El Espíritu, tanto en la dimensión de encarnado como en la espiritual, que haya alcanzado un importante grado de depuración,  ha conquistado ya el estado de la conciencia  de la felicidad como una segunda naturaleza. Él es feliz al margen de las circunstancias externas. Sabe ver más allá de las apariencias. Toda prueba que percibe que debe afrontar, comprende la realidad de la misma y le marca, automáticamente, el sentido direccional hacia el cual debe enfocar su atención. Se la plantea como un objetivo claramente definido y enunciado por escrito, para darle carácter de permanencia hasta resolverlo, aprovechando la oportunidad inherente y el sentimiento de autorrealización correspondiente.
El Espíritu depurado y maduro espiritualmente, en determinado grado, percibe, comprende y realiza lo que le compete, conscientemente. Jamás evade su responsabilidad.  Actúa por objetivos y resultados. Afronta cara a cara la realidad. Ya antes de dar el primer paso, sabe que va a lograr los resultados apetecidos y en cuanto tiempo lo hará. Tiene conciencia clara de la curva de resultados para cada cosa que debe realizar, con lo cual somete a su propio control, todas las circunstancias inherentes a su vida.
Tiene dominio de sus pensamientos, sentimientos, palabras y actos, y los enmarca dentro de los parámetros de los valores universales. Vive una vida virtuosa.
Afronta la realidad tal cual es, viendo más allá de las apariencias. Tiene confianza en sí mismo, en sus propias facultades, en las leyes divinas de la vida, como el amor, la justicia, la compensación, la belleza, la abundancia, la ley de causa y efectos, y percibe, comprendiendo, lo que debe asumir y lo que precisa dejar de lado, sin involucrarse en lo que no le es inherente.
Sabe decir sí cuando corresponde hacerlo, afrontando su responsabilidad; pero, sabe cuándo expresar un no cortés y firme, para no dejarse manipular en cosas ajenas a sus propios intereses.
Tiene presente que, se puede tomar lo que se quiera, pagando, siempre, el respectivo precio: en dinero, tiempo, dedicación, esfuerzo y cualquier otra modalidad de pago posible y factible.
Empero, cuando no desea, o no debe, o no puede efectuar el pago inherente, sabe que con firme decisión debe rechazar lo que el sentido común así le sugiere que haga.
No es preciso justificarse; simplemente, dice: -“Gracias, ahora no estoy interesado”; o, ahora me es imposible asistir a esa reunión. Todos respetarán esa decisión.
También, se consolida la propia fama de que, cuando se asume un compromiso, se tiene la certeza del respectivo cumplimiento. Este orden de cosas mantiene intacto el propio estado de felicidad interior por cuanto se tiene el control de las situaciones.
El conductor consciente de sí mismo, es cada quién.
Es imposible, de esa manera, que se sea un juguete en las manos de otras personas, o de circunstancias ajenas al propio plan de vida.
El sentimiento de la propia dignidad se acrecienta con cada prueba asumida, afrontada y superada conscientemente.
La persona vive conscientemente, y plenamente sosegada. Su mirada es serena, llena de paz interior, confianza y seguridad. Puede mirar a la cara, tranquilamente, a quienquiera que sea. Su autoestima es elevada y positiva. Se dirige a su eterna y continuada meta en el camino circunferencial de la vida, en forma de espiral ascendente, ad infinitum. Sabe que si afronta las pruebas de turno que la vida y el orden cósmico le anteponen, emergerá de su interior, la sabiduría perenne y el poder creador potencialmente infinito que le permitirán superar todas las pruebas, una a una, siempre.

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