EXÉGESIS 979
©Giuseppe Isgró C.
979. Las pruebas que le
quedan por afrontar para cumplir su purificación, no le crean al Espíritu una
aprehensión insatisfactoria que le inhiben la felicidad?
-“Al Espíritu que puede, todavía, incurrir en acciones
incorrectas, sí, por lo cual él no puede usufructuar de la perfecta felicidad
hasta que no se haya purificado; pero, para aquel que es ya elevado, el
pensamiento de las pruebas que, todavía, debe afrontar, no es causa de
inquietud alguna”-.
El Espíritu, que alcanzó cierto grado de pureza, ya goza de la
verdadera felicidad; prueba un sentido de dulce satisfacción; es feliz de todo
lo que ve y de lo que le circunda; su mirada penetra más allá del velo de los
misterios y de las maravillas de la creación, y la perfección divina se le
aparece en todo su esplendor.
El
Libro de los Espíritus
Allan
Kardec
EXÉGESIS: El Espíritu, tanto
en la dimensión de encarnado como en la espiritual, que haya alcanzado un
importante grado de depuración, ha
conquistado ya el estado de la conciencia de la felicidad como una segunda naturaleza.
Él es feliz al margen de las circunstancias externas. Sabe ver más allá de las
apariencias. Toda prueba que percibe que debe afrontar, comprende la realidad
de la misma y le marca, automáticamente, el sentido direccional hacia el cual
debe enfocar su atención. Se la plantea como un objetivo claramente definido y
enunciado por escrito, para darle carácter de permanencia hasta resolverlo,
aprovechando la oportunidad inherente y el sentimiento de autorrealización
correspondiente.
El Espíritu
depurado y maduro espiritualmente, en determinado grado, percibe, comprende y
realiza lo que le compete, conscientemente. Jamás evade su responsabilidad. Actúa por objetivos y resultados. Afronta
cara a cara la realidad. Ya antes de dar el primer paso, sabe que va a lograr
los resultados apetecidos y en cuanto tiempo lo hará. Tiene conciencia clara de
la curva de resultados para cada cosa que debe realizar, con lo cual somete a
su propio control, todas las circunstancias inherentes a su vida.
Tiene dominio de
sus pensamientos, sentimientos, palabras y actos, y los enmarca dentro de los
parámetros de los valores universales. Vive una vida virtuosa.
Afronta la
realidad tal cual es, viendo más allá de las apariencias. Tiene confianza en sí
mismo, en sus propias facultades, en las leyes divinas de la vida, como el
amor, la justicia, la compensación, la belleza, la abundancia, la ley de causa
y efectos, y percibe, comprendiendo, lo que debe asumir y lo que precisa dejar
de lado, sin involucrarse en lo que no le es inherente.
Sabe decir sí
cuando corresponde hacerlo, afrontando su responsabilidad; pero, sabe cuándo
expresar un no cortés y firme, para no dejarse manipular en cosas ajenas a sus
propios intereses.
Tiene presente
que, se puede tomar lo que se quiera, pagando, siempre, el respectivo precio:
en dinero, tiempo, dedicación, esfuerzo y cualquier otra modalidad de pago
posible y factible.
Empero, cuando no
desea, o no debe, o no puede efectuar el pago inherente, sabe que con firme
decisión debe rechazar lo que el sentido común así le sugiere que haga.
No es preciso
justificarse; simplemente, dice: -“Gracias, ahora no estoy interesado”; o,
ahora me es imposible asistir a esa reunión. Todos respetarán esa decisión.
También, se
consolida la propia fama de que, cuando se asume un compromiso, se tiene la
certeza del respectivo cumplimiento. Este orden de cosas mantiene intacto el propio
estado de felicidad interior por cuanto se tiene el control de las situaciones.
El conductor
consciente de sí mismo, es cada quién.
Es imposible, de
esa manera, que se sea un juguete en las manos de otras personas, o de
circunstancias ajenas al propio plan de vida.
El sentimiento de
la propia dignidad se acrecienta con cada prueba asumida, afrontada y superada
conscientemente.
La persona vive
conscientemente, y plenamente sosegada. Su mirada es serena, llena de paz
interior, confianza y seguridad. Puede mirar a la cara, tranquilamente, a
quienquiera que sea. Su autoestima es elevada y positiva. Se dirige a su eterna
y continuada meta en el camino circunferencial de la vida, en forma de espiral
ascendente, ad infinitum. Sabe que si afronta las pruebas de turno que la vida
y el orden cósmico le anteponen, emergerá de su interior, la sabiduría perenne
y el poder creador potencialmente infinito que le permitirán superar todas las
pruebas, una a una, siempre.

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