MEDITACIÓN 21
ESPÍRITU Y MATERIA
©Giuseppe Isgró C.
Se sabe, tal como lo expresa la segunda
ley de la termodinámica, o principio de conservación de la energía, que ni la
vida ni la energía se crean ni se destruyen, por cuanto, simplemente, existen.
Ahora bien, ¿qué es la materia?
Podría definirse como energía
condensada en “X” grado vibratorio, según el elemento, o elementos que la
conformen.
Si pudiera verse cualquier trozo
de materia bajo una lupa poderosa, que lo permitiese, se percibiría que la
materia no es compacta, “sólida”, en el estricto sentido de la palabra, sino
que, en su estructura, existen espacios “vacíos”, pero que, realmente, no es más
que energía condensada.
Cuando el respectivo ciclo de esa
materia termine y pase por el proceso natural de descomposición, la energía que
le conformaba vuelve al depósito universal, para ser, nuevamente, utilizada.
¿Cómo ocurre esto, y quién lo
realiza? Se ha oído, algunas veces, hablar de los “Espíritus elementales de la
naturaleza”.
¿Qué son los Espíritus
elementales de la naturaleza? ¿Qué es un Espíritu?
Imaginemos el universo dividido
en tres substratos.
El primero, conformado por Dios,
-el Creador Universal-, la fuente cósmica de donde emana todo. Una energía
luminosa en movimiento eterno, dotada de inteligencia infinita, con todos los
atributos divinos, -valores universales-, en grado infinito de desarrollo, en
todas sus vertientes y variantes, sin límites de ninguna naturaleza, que
constituyen el soporte de los principios cósmicos y de las leyes universales,
cuya síntesis se expresa como ley cósmica.
Por supuesto, Dios se encuentra
dotado de una conciencia universal de sí y de todo lo que Él es y representa,
de su poder creador infinito, y aun así, potencialmente infinito, en infinitos
aspectos, variantes y vertientes. Causa suprema del universo ab eterno, es
decir, desde la eternidad, en la eternidad presente, para la eternidad. Se ha
dicho: causa suprema universal. Todo este todo conforma lo Uno, que es la
totalidad de lo que existe, y llegará a existir, en el eterno presente.
El segundo substrato, conformado por el Alma
Universal, que es la Matriz Cósmica, conformada por substancia etérica que
llena todo el universo, que podría ser comparado a la “tierra cósmica”,
equivalente a la tierra que conocemos, pero, en estado etérico. Representa, al
mismo tiempo, a la Mente Cósmica,
equivalente a lo que, en pequeño, es la mente de un ser humano.
Otra comparación, necesaria: las
semillas que se siembran en la tierra, a nivel de la mente, estarían
representadas por las ideas. Ahora bien: en la naturaleza existen cuatro reinos
conocidos: el humano, el animal, el vegetal y el minera. Cada uno está
conformado por tres entes básicos: el Espíritu, el alma y el cuerpo. ¿Quién
crea el Espíritu, fuente de la vida? Se ha dicho ya, que la vida no se crea,
porque existe ab eterno, es decir, desde la eternidad.
Entonces, ¿cómo emana a la
conciencia individual? Cada vez que el Creador Universal precisa a una familia
de Espíritus, en cada reino natural, Él, sin dejar de ser Él mismo, y sin
separarse de Él mismo, toma posesión, en el Alma Universal, de una célula
matriz, a la que dinamiza con vida eterna e inmortal, a partir de ese momento,
y siendo Él mismo, sin haberse separado de Él mismo, continúa dotado de sus
mismos atributos divinos, -o valores universales, de su conciencia, en la que
se expresan los sentimientos de los valores universales, como guía divina de
vida, o sentidos cósmicos, pero, arrancando desde un grado cero de percepción.
Es decir, emana a la conciencia
individual, el mismo Creador Universal, pero en la conciencia de este ser
individualizado no quedó registrado todo lo que era el Creador Universal desde
la eternidad pasada, lo cual deberá descubrir, ese ser, a partir de entonces,
en la eternidad futura, en el eterno presente.
Evidentemente, ese nuevo ser
tiene una misión y cumple un propósito del Creador, que es el de acrecentar a
la Creación. Este proceso de emanación a la conciencia individual, del mismo
Creador, ocurre, por igual, con los Espíritus de los cuatros reinos naturales:
el humano, el animal, el vegetal y el mineral, salvo de que existan otros
reinos que desconozcamos, por ahora.
Y es aquí donde entran en escena
los Espíritus elementales de la naturaleza, constituidos por los Espíritus
emanados a la conciencia en el reino mineral, por ejemplo: los espíritus del
hierro, del oro, del estaño, del zinc, del bronce, de la plata, etcétera.
Emanados los Espíritus a la
conciencia individual, en el Alma
Universal, -o mente cósmica-, en los cuatros reinos naturales, en las
correspondientes células matrices, -equivalentes a espermatozoides
etéricos-cósmicos-, en las que el Creador se une, dinamizándoles, esas
ubicaciones, dentro del alma universal, van a constituir sus espacios cósmicos,
respectivamente, al igual que el espacio que queda en una masa de harina, de la
cual, un ama de casa, mediante un molde, extrae una galletita. Permanecerá
unido a ese espacio cósmico, en el alma universal, mediante un “hilo de plata”
elástico, fluídico, como su hogar. Ya, aquí, tenemos dos de los elementos de la
trilogía que le conforman: Espíritu y alma.
El tercer substrato, se encuentra
conformado por la materia: Los Espíritus elementales de la naturaleza,
equivalentes a cada uno de los elementos minerales conocidos y por conocer,
vibran, cada uno, en una determinada frecuencia, de acuerdo a su tipo, y
materializan la energía, es decir, la condensan en materia, es decir: hierro,
oro, plata, bronce, oxígeno, nitrógeno, carbono, etcétera.
Aquí, se sigue cumpliendo el
principio de que la constitución de cada ser está integrada por: Espíritu, alma
y cuerpo. Este substrato va a conformar la base y el soporte de los mundos
físicos, en el cosmos.
Aquí reside el secreto de la
creación de los mundos, en el inmenso universo. Cada vez que los maestros de la
Creación van a formar un mundo, de acuerdo a los planes y objetivos de la
humanidad que le habrá de poblarle, o habitarle, en determinado lapso, los
maestros de la creación a cuyo cargo se encuentra la formación de aquel mundo,
le dan una orden, a esa inmensa cantidad de Espíritus elementales que van a
coadyuvar, para que condensen determinadas masas de materias, tanta como sea
necesaria hasta alcanzar el volumen respectivo de acuerdo al tamaño previsto
para ese mundo.
Aquí residiría, probablemente,
también, el secreto de esas enormes velocidades mediante las cuales los mundos
giran sobre sus propios ejes y alrededor de su respectivo sol, en un movimiento
integral cósmico. Es decir, dado que en su nivel infinitesimal la materia está
constituida por Espíritus elementales, en cuya expresión física como átomos de
sus respectivos elementos constituyen una energía en movimiento, la unión
masiva de todos esos elementos, dotados de energía en movimiento, en su suma
total, le otorgan, al respectivo mundo, sus movimientos sobre sus propios ejes,
y el de la traslación en torno a su respectivo sol, en base a un determinado
punto de equilibrio, por la ley de gravedad.
Pero, la unión de los mundos, de
los sistemas solares, en sus respectivas galaxias, en conexión con todas las
galaxias del universo, todas se desplazan, uniformemente, en armonía, en un
viaje perpetuo por el universo.
Prácticamente, el sistema de
galaxias, en su conjunto, se encuentra en un viaje permanente por el Cosmos.
Somos viajeros cósmicos en el espacio, en tiempo presente.
Siendo la ley una e igual para
todos, cada especie, para expresar, en
su respectivo reino, lo relativo a su cuerpo físico, sigue un proceso análogo
al mineral, con las adaptaciones, y variantes, inherentes a su índole. En
síntesis, en este quehacer universal el Creador está realizando un juego
consigo mismo. Pero, ¡que juego!
El Libro de los Espíritus, dice:
(21) –“Vuestra imaginación no puede dejar de demostraros la imposibilidad de
que Dios, amor y bondad por esencia, haya podido estar alguna vez inoperante.
Por muy lejos que pudierais imaginar el principio de su acción, podríais
representároslo un solo momento inactivo?”

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